Fragmentos

“Los vencedores y los ricos acaban siempre pareciéndose. Me parecen más apasionantes las vidas que nacen al margen del éxito, porque cada tragedia es distinta. Sólo la necesidad estimula el deseo.”

El esnobismo de las golondrinas (Hola y adiós)

“Quizás habría que fundar un Estado del Dolor… Podrían pertenecer a él transitoriamente -porque el dolor, afortunadamente, se olvida- todos los hombres que no tengan otra nacionalidad que el sufrimiento. Debería estar reconocido por la Carta de las Naciones Unidas. Stefan Zweig perteneció a este Estado sin tierra, pero que tiene una rica historia y una irrenunciable condición moral.”

Libro de Réquiems (Réquiem por Stefan Zweig)

“Hay aquí en los jardines del Pincio una clepsidra que marcó mis horas más felices de Roma, cuando me citaba con una amiga inglesa en una alfombra de hojas caídas. Caminábamos en otoño, bajo los árboles teñidos de púrpura, perdidos en una acuarela. Algunos días la llevaba del brazo, por el Viale delle Magnolie, hasta el lago de Villa Borghese, donde paseábamos entre los cisnes, como dos enamorados liberty. Pero otros días, recitándole malos sonetos, la llevaba por la vía de la amargura, hasta el templo de Esculapio, pisando brumas, afilando plumas, rimando cuartetos y tercetos, torpezas y asperezas, pensamientos y tormentos, entres flores y amores… desventuras: libre, enamorado -airado y dolorido-, castigado, apartando las hojas caídas que el viento le escribía y, por celos de mis propias fantasías, malherido… Recuerdo una pradera donde, en el mes de noviembre, cuando las hojas caían bajo un viento ligero, se olía el perfume de los narcisos. Había un inmenso silencio. Y el silencio en Roma es como una huelga general… Me gustaría escribirle ahora una carta a mi amiga inglesea y decirle: Ya no escribo, pero -si aún paseas en otoño por el Pincio- piensa que soy yo quien te envía las hojas caídas… Ella olía como mi terraza romana, a albahaca. No sé si en sueños yo tendía cada noche su ropa blanca entre mis macetas.”

El esnobismo de las golondrinas (Azaleas en la Trinità dei Monti)

“Pensaba en todas estas cosas, saboreando mi amargo café. Los nombres de los poetas muertos se amontonaban en mi memoria. Y estuve esperando dos horas en el bar del Hotel Astoria, pero mi amigo no se presentó a la cita. Quizás había muerto, y yo sin saberlo; porque nunca tuve una idea muy clara del tiempo en que se fueron mis muertos. Se llamaba Fiodor Mijailovich Dostoievski y escribía sombríos folletines de terror, tenebrosos exámenes de conciencia, atormentadas páginas de contrición: maravillosas vidas de idiotas, oscuras figuras de asesinos que se hacen amar porque sienten el dolor de su culpa; almas místicas que parecen lirios en los corredores sombríos donde se mueren los pobres diablos de sus novelas; dolientes retratos de madres que, con el cabello despeinado por el dolor, parecen mujeres caídas, y de mujeres caídas que, con los ojos mojados de lágrimas, parecen madres.”

Libro de Réquiems (Una pluma perdida en San Petersburgo)

“A mí también debían tenerme por loco, pero me dejaban entrar y contemplar el crepúsculo desde la mesa de trabajo de Balzac, milagrosamente salvada de tantos traslados y embargos… La chimenea de mármol estaba apagada. Pero, en los días fríos, el conserje me ofrecía un café, que yo bebía y apuraba religiosamente, delante de la cafetera en la que Balzac había calentado tantas veces el filtro amargo que le permitió escribir otras tantas páginas maravillosas con su trabajo insomne. Treinta mil líneas en 1841. Cuarenta mil en 1842″…

Libro de Réquiems (Un espejo dorado para la Comedia Humana)

“Rilke se quedó en Rarogne, esperando el día de las rosas blancas. La torre de Muzot, asomándose entre las nubes, parece escribirle una carta que comienza: Querido Rainer: ¿Te gustan las rosas?”

Libro de Réquiems (Versos para el primer amor - El ángel de Rilke)

“Sólo los humildes pescadores de Missolonghi asistieron a su funeral. Se habían reunido todos en la pequeña iglesia de las lagunas griegas. Se oía toser. Y había una vieja gruesa, bajita y grasienta que lloraba. Hacía frío, “pero la pobreza -escribe uno de los presentes- le daba solemnidad al momento”… “Morimos como si no pasara nada -había escrito Byron- y la vida continúa”… El eco de la noche resonaba como un pellejo golpeado por musculosos y antiguos guerreros. Llovía a torrentes. Y el viento arrastraba en su grupa nombres confusos de mujer: Augusta, Medora, Ada, Allegra, Annabella, Carolina, Teresa… Luego cesó el fuego de la tormenta, acallóse el viento, la noche se arrebozó en sus sombras y las plumas blancas se fueron con la lluvia.”

Libro de Réquiems (Lord Byron -El fantasma del monje negro)

“Me pidió que le regalase mis versos. Y puso sus manos blancas en una actitud de súplica, como si fuese a llorar. Ahora pienso que se llevó el recuerdo de nuestro amor a una Pasión antigua porque, cuando apretaba sus manos una contra otra y echaba atrás su cabeza, se le caía el pelo sobre la espalda como un velo de seda y parecía la Magdalena de Memling… El aire está lleno de procesiones rosas que dejan un olor de incienso. Y hay rosas rojas, avergonzadas de alguien pueda verlas amar.”

El esnobismo de las golondrinas (Acuarela de Brujas)

“Nací en noviembre, cuando sopla el bora sobre Venecia y comienza la temporada de los esnobs en el Gran Canal. Venecia se desnuda y respira: su cuerpo huele a yodo, a sal y a mar. Y una luz clara -profunda como un psicoanálisis- deja ver los arrepentimientos de los cuadros de la Accademia.”

El esnobismo de las golondrinas (Último adiós a Venecia)

“Se van también los viejos cafés donde nos fuimos convirtiendo en escritores, deshojando las flores, malgastando la vida y soñando en la gloria. Porque el café fue siempre el hogar de los que vivimos de alquiler, defendiéndonos de la propiedad en el calor de la tribu: cafés con pianista, merenderos de parque donde se quedaban las manos heladas y era más fácil darse un beso que acabar un verso, cafés de velador de mármol y divanes rojos, tabernas de puerto y de mala vida; aquellos cafés de París, que se perdían entre nubes de poesía, como vagones de terciopelo antiguo; y el Caffè Greco de Roma, donde quemábamos tabaco en honor de Liszt, mientras la tarde -convertida en rapsodia y humo- se derramaba por las escaleras de la Piazza di Spagna; y los cafés de Venecia, donde las páginas blancas se nos volvieron hojas húmedas, violines negros, góndolas náufragas; y aquel café turco de la colina de Eyüp que nos enseñó a vivir con ilusión el crepúsculo; y los cafés de la vieja Ginebra, santuarios donde veneramos con ofrendas de perfume, a la Madonna de la Malinconia de nuestra bohemia; o los cafés de Viena, donde se volvieron amarillos los periódicos de nuestra juventud, en aquellos días mágicos que convertían las cartas en flores, las hojas en abanicos, y la pena de escribir en una especie de alegría; sin saber por qué, pero sin preguntarse nunca cuánto.”

El esnobismo de las golondrinas (Hola y Adiós)

“Los pioneros son nuestros padres: nuestros maestros, los que nos precedieron en la fe, en el amor y en la esperanza. No puedo olvidar a los que soñaron, porque soy hijo de su sueño, I´m a son of the dream: descendiente de una vieja familia europea de españoles y alemanes, suecos y daneses, rusos e italianos, judíos, católicos y protestantes. Algunos de mis antecesores emigraron desde Rusia a Alemania; otros fueron médicos y diplómaticos en lugares lejanos; y, no pocos, hicieron el viaje atlántico desde Hamburgo a Nueva York, desde Asturias a Argentina o desde Santander a Cuba.

Los peregrinos medievales recorrían el Camino de Santiago siguiendo el curso de las estrellas. Y ese fue también el sueño de los pioneros cuando cruzaron los mares. Llevaban en su memoria: oscuridades, injusticias, ideales, promesas, esperanzas y el recuerdo doliente de los sueños difíciles. Emigraban, llevando a sus hijos en brazos. Pero escondían en su corazón el tesoro que acompaña siempre a los peregrinos y emigrantes: una fe poderosa.

Siento aún esperanza y fe cuando los emigrantes africanos, latinoamericanos o asiáticos llegan hoy a nuestra vieja Europa pensando que aquí hemos guardado el espíritu de la libertad. La doctrina capitalista, que tiene un concepto ruin del ser humano, está convencida de que estos muchachos –a veces niños- vienen al primer mundo buscando sólo el paraíso material del dinero. Pero tengo razones para pensar que muchos de ellos vienen a buscar en Europa algo más serio, verdadero y profundo: un mundo que ha cometido todos los errores y crímenes imaginables pero que también ha dado mujeres y hombres que han trabajado por preservar la dignidad y los derechos de nuestra especie; un mundo donde se ha luchado y hay quien lucha, todavía, por la libertad, la justicia, la fe y la cultura.

He conocido en muchas partes a hombres como éstos que han hecho desde su infancia experiencias terribles: la persecución racial, la discriminación, la guerra o el terror de dictadores sanguinarios. Ahora, cuando los encuentro en Europa, sé reconocer en sus ojos el polvo de los desiertos africanos y la nube de color índigo de las muchachas fulbé que, en mi juventud, he visto caminar por las tierras del sol del Níger –junto a sus rebaños de cebúes negros- con sus calabazas de leche sobre la cabeza. Estos jóvenes nos traen la memoria de los atardeceres en los grandes lagos, el griterío alegre de los niños de Ecuador que se hacen balsas con la madera de los árboles de sus bosques, el terror de los mares que atravesaron en frágiles embarcaciones… Y les vemos adentrarse en los suburbios de nuestras ciudades, en los túneles del metro donde pasan continuamente trenes que los llevan a ninguna parte, en las calles donde se encienden las luces de neón que anuncian tantas cosas inútiles para quien creyó que, en nuestros mercados, se vendían la sabiduría y la libertad.

Ahora ciertos políticos se lamentan de que algunos de estos muchachos protagonicen escenas de indignación y violencia. ¿Quién ha intentado explicarles que en la memoria de Europa existe también una fe, una filosofía para darle sentido a la vida, una forma de organizar la democracia, una voluntad de progresar indagando? ¿Quién se ha preocupado de explicarles lo que representa nuestra Plaza Mayor –el lugar que muchos de ellos eligieron como mercado para vender pañuelos de marcas falsas sobre una manta- y enseñarles que su instinto no les ha traicionado cuando buscaban el zoco de nuestra cultura? ¿Pero quién les ha dicho que nuestro zoco no fue sólo un lugar de comercio sino que, ante todo, fue el ágora donde discutíamos las cosas importantes de nuestra vida? ¿Quién se ha tomado la molestia de explicarles que ser europeo no fue nunca ser rico? “No se han integrado”, dicen algunos, para explicar que hay que detener sus desmanes cuando se amotinan. ¿Pero integrarse en qué, dónde, por qué?

Quiero creer que alguno de estos jóvenes emigrantes a los que hemos ofrecido sólo una play station, unos jeans, un televisor, una entrada en un cine de barrio y mil cosas que no hay en los poblados de África, habrá encontrado en un lugar de nuestras ciudades una calle que conserva un nombre sagrado para la memoria europea; habrá podido leer en una página rota de un libro –hay siempre libros en los contenedores de la basura- que algunos de nuestros maestros vivían en un arrabal como Diógenes o en una pensión como Kafka, de alquiler y de prestado como Rilke o en ninguna parte como Rimbaud; o se habrá preguntado a quién veneraban nuestros padres cuando levantaron una estatua a Mozart, que él ha conocido ya rota y llena de pintadas; o quién compuso una canción que –aunque no esté escrita en la lengua de los fulbé- le recuerda la mirada de su madre cuando los dos caminaban de la mano junto a los cebúes negros.

Ese será mañana un hombre de la memoria europea y nos contará cuál es el verdadero tesoro de nuestra cultura. Dejadme soñar, que dentro de medio siglo, uno de esos emigrantes escribirá su autobiografía y podrá decir que Europa le permitió recuperar el respeto a la memoria, a la justicia, a la democracia y a la fe, como una reivindicación de la dignidad y de la libertad humanas. The dream continues…

I’m the son of the dream (Homenaje a Martin Luther King)

“Sarah me pidió un poema para la boda de su sobrina Augusta. Se casó en el All England Club y le escribí una creación vorticista que sentó muy mal a sus amigos. Se titulaba Swallows and Gallows (golondrinas y horcas), y jugaba con el sonido de las eses, porque entre la libertad y la prisión media tan sólo el silbido de un ala. Llevaba preparada otra (The sixth: set, no sex) pero me di cuenta que era mejor dejarlo… La diferencia entre las cosas es, a veces, muy sutil. Una pista de tenis -rodeada de rejas, limitada por líneas, vigilada por jueces y controlada por reglas estrictas- se parece mucho a un campo de concentración. La única diferencia estriba en que, de vez en cuando, algún jugador se permite hacerle un desplante al árbitro.”

El esnobismo de las golondrinas (Tenis en Wimbledon)

“Hablaba muy rápido, como si su madre le hubiese enseñado en la cuna una lengua mágica para llevar siempre la razón y que los hombres no pudiésemos negarle nada. Y sabía elegir el momento preciso para ofrecerme la malvasía de Chipre que guardaba -entre libros prohibidos, jarras de bello cristal bizantino, estaños franceses y toneles decorados con figuras de ángeles- en una habitación húmeda de la planta baja de su palacio, iluminada sólo por cuatro velas que ardían delante de la Madonna.

A veces en la noche, cuando pasaba bajo la imagen -una Virgen con rostro de cera, vestida de terciopelo- me arrodillaba para pedirle que me curase la fiebre de mi locura. Y me parecía, entonces, que la Madonna lloraba, que su mano se posaba sobre mi cabeza y murmuraba con la voz de mi madre: Figlio mio, lasciala stare (Hijo mío, déjala)…

Pero cuando oía su voz que me llamaba desde la alcoba, subía corriendo las escaleras con el alma llena de versos apasionados que, a mi madre, le habrían parecido oraciones blasfemas.

Yo te pido, Señor, ser condenado/ si he de encontrarla a ella en el infierno./Seré su gondolero/y, a oscuras y descalzos,/ nos amaremos a tientas, como ciegos,/ en el Canal de las Sombras sin Reflejo.

Aún regresaré este año a entregarle mis narcisos negros. Escucharemos juntos el sonido de las campanas, dulce como el satén satán de sus vestidos. Al llegar la madrugada -sólo por acariciar su nuca- caeré una vez más en la trampa de deshacer las vueltas de su trenza, recogiendo una a una sus agujas de plata. Me vencerá su ruego. Pero, al irme de su lado, le dejaré el último adiós en la copa, mal apurada, del último beso. Y no volveré a oler el perfume maldito y embriagante de sus jardines secretos, ni miraré sus ojos cuando se quite la máscara, ni volveré a aceptar sus alianzas de oro, ni me dejaré arrastrar por sus sobornos de vino dulce, de dolor y de deshonra. Y así me alejaré de su pañuelo; ayer estúpido gigoló y hoy -ya tarde, vencido por amor- poeta viejo.”

El esnobismo de las golondrinas (Último adiós a Venecia)